12 recetas para despertar el interés en la lectura (y una fórmula mágica que nunca funciona)

Por Irene Piedrasanta

Este es el título de la provocadora conferencia que el literato español Agustín Sánchez, doctor en Filología Hispánica, impartió el pasado 1 de febrero, en el auditorio del Instituto Guatemalteco Americano, IGA. Fue la primera de las conferencias internacionales que organizara Editorial Piedrasanta este año, con motivo de cumplir 70 años de haberse fundado.

A la invitación acudieron más de cuatrocientos docentes interesados en conocer por qué se muestran los jóvenes tan reacios a leer y el manejo de estrategias que los ayuden a formar buenos lectores.

El lenguaje es mágico, el problema estriba en qué hacer para recuperar esa magia en las aulas. Para comenzar, hay que darse tiempo para conseguir los libros que puedan gustar a nuestros estudiantes, en lugar de solo imponerles tal o cual lectura.
Los libros deben ser como un traje a la medida, escogidos para las diferentes preferencias lectoras. Gustan los libros de conflictos intensos, tramas sin descanso y también humor. Aprendemos más cuando nos emocionamos, por lo que hay que llevar la emoción a las aulas. En esto nos ayudará el enfatizar en las anécdotas de la propia lectura o bien en aquellas relacionadas con el autor y sus circunstancias. Sentimos placer cuando descubrimos algo, por eso gustan los relatos donde se investiga y desentraña algo, como en los relatos policiales y los enigmas. La lectura podría requerir una intensa comunicación, por lo que conviene acompañar a los jóvenes en la aventura de leer y no solo entregarles un libro para que presenten un resumen al mes siguiente. Antes de intentar leer un cuento, el docente debe de conocerlo bien. La lectura oral es un recurso poderoso, pero debe ser algo intenso; lean en voz alta y con naturalidad, adopten el tono de la verdad, no se pierdan en detalles, miren a quienes escuchan y cuenten con pasión. “Los indios del norte de América tienen mucho cuidado con el asunto de los cuentos. Dicen que cuando los cuentos suenan, las plantas no se ocupan de crecer y los pájaros olvidan la comida de sus hijos”.

Refiriéndose a anécdotas tan variadas como la espada del rey Arturo, los hábitos higiénicos de los monos, las manchas de sangre que dejan los criminales, la cama de Shakespeare y los sueños de grandeza de Alejandro Magno, Agustín Sánchez Aguilar demostró la función capital que desempeña la creatividad en la enseñanza eficaz de la literatura.

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